Guardaespaldas de limón

Así que, como allí estaba yo, delante del fregadero, pensando en tu boca de flor de buganvilla, sonriendo abstraída, mirando cómo se forma y cómo cae la gota de agua de un grifo, haciendo ese ruido que sólo tú supiste enseñarme a distinguir, poingchividiú hace la gota,…

Así que como estaba yo con las melenas despeinadas por allá por la nuca, concentrándome en ese momento en el que sé que vas a entrar sin hacer ruido, para acercarte a mis sensaciones y a mis pensamientos…

Así que como me cobijas la espalda y a mí me recuerdas a un caramelo amarillo-ámbar de miel y limón…

Pues he decidido nombrarte mi guardaespaldas de limón, porque me produces dentera y un placer dulce cuando te acercas así. Porque me recuerdas cómo son los centros del placer, los que sueltan chorros de endorfinas y los neurotransmisores de la lujuria. Porque me envuelves como si me fuera a romper, para poder partirme en dos tú solito, para poder matarme sin que me muera, para protegerme del aire, porque te pones celoso.

Te regalo la primera erección de mi vello, mi guardaespaldas de limón, te regalo el primer suspiro que me sale con tu roce.

[Foto: Manuel Zardain, http://www.pintoresmexicanos.com/ ]

Brillo Naranja

Pues cuando comprendí que había perdido totalmente mi capacidad de relacionarme con las personas, si no era con uniforme por medio, empecé a sentirme algo inquieta. Un picor de ingles y sobacos me puso nerviosa y me pregunté qué remedio podría sacarme de tal rigidez.
La evocación de mi vecina vino en mi ayuda. Otros tienen hadas madrinas o abogados. Yo sólo cuento con evocaciones. En este caso recordé a mi vecina, relaciones públicas por excelencia, locuaz, políglota, polífaga, polígama y experta en no dejarse apabullar. Así que intenté ponerme en su lugar y tratar de pensar en qué es lo que haría ella en mi lugar para volver a relacionarse con el mundo de las personas, que no es el mismo que el de la gente.
Me puse un brillo naranja en los labios y el pelo algo alborotado, pero fui incapaz de prescindir de un virginal vestido azul marino con lunarcitos blancos, la perfección estética siempre se me ha resistido.
Me fui a un lugar hiperpoblado. Paseé con sonrisa tierna y esperanzada arriba y abajo. Oí cómo un señor de metro noventa con un niño sentado en los hombros le decía alegremente que iban a ver los barcos. Fui yo también a ver los barcos. Pero ni el señor de metro noventa, ni el niño, ni ningún barco tuvieron a bien dirigirme la palabra.
No importa, me dije para mis adentros, Roma no se conquistó en un día. Aunque lo cierto es que el naranja de mis labios comenzaba a quedarse mate limón.
Algo harta de mi empeño en reconquistar a las personas, encendí un cigarro, claro que, como no soy fumadora, me entró una terrible tos de perro y arrojé la colilla a una papelera, provocando un incendio de siete pares de narices.
Acudieron bomberos, colegas y todo tipo de seres uniformados que me hicieron recuperar mi fe en el uniforme.
Pero bien sabe Satanás que la vida es dura: ninguno tuvo la decencia de fijarse en el brillo naranja de mis labios. Se dedicaron a rescatar individuos semicarbonizados y me dejaron más sola e insignificante que una rata siberiana.
Volví a mi casa triste y compungida, me puse un camisón con encajes y puntillas, abotonado hasta la epiglotis, y soñé que era un elefante africano.

Atada

Atada de boca y manos, sin ligaduras, sólo con el silencio y la no posibilidad de actuar como pienso.
Me encuentro en el lugar que me has puesto.
Me has elegido como observadora, como buscadora de soluciones para tí.
Me ha prohibido el universo aproximarme a tí. Me obliga a una frialdad, que estoy muy lejos de sentir.
Opto por apegarme al papel que contigo me ha tocado jugar.
Alejo todas mis dudas. Es el único lugar en el que las dudas no tienen lugar.
Te sigo con mi pensamiento en tus devaneos recorriendo un sufrimiento que yo sé que será más prolongado de lo que te dejo entrever.
Acepto mi papel de madre y de padre para cuidarte en una distancia prudencial.
Dejo que lo supuestamente ético se adueñe de lo supuestamente correcto.
Y te dejo desvariar, sabiendo que estás enfermo de amor.
Y a mí se me ha permitido el papel de espectadora y facilitadora.
Sigo el camino recto, haciendo ojos ciegos y oídos sordos a lo que me tienta para desviarme.
Me siento dura en esa posición que no he elegido.
Pero me salva saber que no traicionaré tu confianza.

Atada de ideas y dedos, estoy sentada desesperada delante de la pantalla.
Mi mente da órdenes para escribir algo que a mí me parece hermoso.
Y una y otra vez mis dedos se empeñan en teclear mediocridades, párrafos desestructurados, frases llenas de incorrecciones, expresiones incongruentes,… en definitiva, textos que me hacen sentirme muy por debajo de tí.
No sé si te he sobrestimado, y he olvidado que tan sólo mi individualidad implica un estilo único.

Atada y amordazada, mi boca y mi corazón lloran sin lágrimas porque no he sabido decirte cuánto te quiero por la intensidad de mi sentimiento.

Atada por mis súplicas, por el poder que sobre mí yo misma te he concedido.
Bloqueada por mis propios movimientos, por mis pasos en falso.
Limitada por la vehemencia de mi propia tormenta.
A disposición de tus caprichos injustos, emprendo intentos de vuelo que siempre acaban siendo vuelos fallidos.
Nado entre dos aguas, viajo entre dos tierras.
Me he colocado en situación en la que florecer será sólo posible al estilo de los cactus.
Mis propias espinas se vuelven hacia mí.

Una máscara veneciana, negra, blanca y roja, me ha prohibido emitir sonidos. Sólo me deja mantener una postura hierática o farsante. Los guantes que la acompañaban cuando se la compré a ese viejo del puestecillo han sellado mis manos en una expresión determinada por un guión teatral.
Es curioso.
Yo me miro y no me reconozco.
Sin embargo veo, con asombro, la cara de quienes me contemplan extasiados con toda la belleza, todo el drama, toda la sorpresa que soy capaz de crear con este disfraz.
La máscara tiene fecha de caducidad. Pero yo la desconozco. Y, mientras tanto, yo soy esclava de ella y de sus guantes comparsa.
En esta cárcel de oro, que yo no veo, pero que empiezo a reconocer por sus efectos, vivo en la duda perenne.
Si lo que siempre me construyó se caracterizaba por una capacidad de adaptación sin límites, ¿por qué ahora el límite es mi existencia?
Si el aire era mi esencia, ¿porqué ahora me cuesta tanto trabajo respirar?

Zulo de flechas

Mira guapa no me mires con esa cara que delata el zulo de flechas que llevas dentro. Anda, haz el favor de no secuestrarme los sentidos, que como me los sigas mortificando te voy a tener que cantar una de Rocío Jurado.
Sé generosa y lánzame la flecha de la vista, pero no la que me ciega, sino la que engancha el ojo con el tacto, o mejor échame varias microflechas, dame una tapa de pinchitos de tacto, para que te los pueda ir clavando o me los claves tú a mí, que no sé lo que hago o digo, que esto de sentir por los sentidos lleva a muchas confusiones y luego se me dispara a mí la flecha de la lengua y la liamos. Bueno no, que la flecha de la lengua es tuya, esa que me entra por la orejilla, me produce picor y escalofríos y luego ardores en las antípodas, mientras tú te descojonas contemplando los efectos.
No sé si me entiendes, en realidad, mis metáforas siempre han sido algo oscuras, pero es que yo soy del bosque, ya te lo dije desde el principio, y tú de los limones del Caribe.
Venga, apunta y dispara, que cada día te pareces más a Guillermo Tell, y yo aquí todo emocionadito con el corazón en una manzana.
Déjame escapar a cambio de un rescate: Siempre mantendré silencio acerca del sabor de tu boca.