Impecune

Impecune me quedé,
triste y habitabunda,
que no meditabunda,
ya que era una impecune.

Ameditabunda me quedé,
a la espera del pecunio,
buscando el garbanzo antes de junio
estornudando por los azahares abrileños,
llorando por los flatos
y por falta de zapatos.

Me fui a visitar merenderos
en vez de ir a ver escaparates,
competí con los hormigueros
y no precisamente por buscar aguacates.

Impecune me quedé,
triste, vacía y cavilabunda,
hasta que me topé con un banco,
como no me regalaron ni una enciclopedia
recurrí al método de la media.

Recuperé mi pecunio,
y saldré de la cárcel, con derecho al paro,
antes de junio.

La importancia de ser un loro

Se dice que una imagen vale más que mil palabra, pero es que a mí se me suben los colores si no admito que emito más de mil palabras por día y encima son repetidas, tengo una capacidad creativa limitada por mis genes, mi aparato fonador y la cara de loro que se me queda cuando los demás esperan que emita algo de interés, así como una especie de salmo bendito que revolucione sus vidas para siempre y a mí me sale un simple “pa-ta-ta”. Una nació para copiar palabras, bueno y también para comer pipas. Voy a volar un rato que se me han puesto las plumas demasiado rojas de vergüenza.

Ya volveré otro rato.