Mister Je

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Dedicado a Ce

 

– ¡Juanito!, ¡haz el favor de levantarte ya de una vez! – truena la voz de su madre.

El chico abre un ojo y, además de oír la tormenta en el ceño de su madre, ve el sabor de la naranja exprimida que le espera en la mesa grande de la cocina. Es un lirón y lo de despertarse cada mañana tiene aroma de batalla napoleónica.

Por fin, tras desperezarse tantas veces como un gato en sus siete vidas, salta de la cama y hace su peregrinación de todos los días. Se asoma primero a la terraza para oír la orquesta de verdes del jardín que está allí abajo, junto a la piscina, el aire le sabe a cloro, solo de pensar en el chapuzón que se dará cuando ya caliente el sol.

Va al baño y se deleita tanto como le permite la voz áspera de su madre, que rasca como una lija su cerebro.

Se desliza a la cocina, como un león que está agazapado en la selva esperando su caza, y se lanza sobre todos esos colores que van a entrar en su boca para hacer un festival en el estómago. Toca el rojo de la mermelada con el mismo cariño que a su novia. Saben igual.

– ¡Ay, mi Juanito Mozzarella! – le suele decir ella con esos aires de pluma deslizándose por su piel; le llama así porque a él le fascina la pizza como un concierto de Metallica.

Su abuelo, sin embargo, le llama “Mister Je”, por su risa que no se oye, pero se ve. Cuando se comunican con el whatsapp, el abuelito suelta alguna de sus palabras inventadas, con el ingenio de un cañón, espera ese silencio seguido de un “je” y se imagina al chico con la sonrisa de sabor a coco que precede a la risa sorda, en la que sólo se puede tocar ese “Je” que sabe a gloria.

Sale del ensueño por fin, se rompen sus pensamientos con el golpe que le da el café y se da cuenta de que ya va tarde.

Acaba de vestirse sin prestar mucha atención. Se cala la gorra y se encesta como un balón en el uniforme, que tiene tantas manchas y colorines que sabe igual que la mostaza y el kétchup.

Sale al jardín y vuelve a tocar de un vistazo los pajaritos que huyen despavoridos. Se monta en la bici, que tiene algunos añitos y algo de óxido, y se va a la pizzería a trabajar.

Por el camino va silbando, y tarareando canciones con aroma a moto. Se acuerda otra vez de su novia y carraspea su canción favorita: “A mí me gusta la mozzarella, la mozzarella, la mozzarellaaaaaaaa…”.

Deja un reguero de vida por donde va pasando y su olor a sonrisa de coco saluda a los conocidos, sin ruido, para no despertarlos del todo.

 

Marisol González